domingo, 1 de mayo de 2011

¡Gracias, mamá!






Lo importante

 A María, mi madre, maravillosa narradora de historias al aroma de naranjas
A mi hijo Javier, a quien espero saber trasmitir lo que de ella recibí
A mi sobrina Helena que finalmente descubrió lo importante por ella misma
 
                           
                                



  María pasaba con su hijo unos días de vacaciones en casa de sus padres. También sus hermanos, con sus parejas e hijos, habían llegado. 

  Estaban en el jardín y María oía a canturrear a su madre, que terminaba los preparativos de la comida en la cocina. Su padre seguía la cancioncilla silbando mientras leía en una hamaca del jardín. María forzó una media sonrisa pensando que las cosas no habían cambiado mucho.                     

  Llamó entonces su atención el griterío de los pequeños de la familia, que intentaban ponerse de acuerdo sobre la posición correcta de los cubiertos en la mesa. Observó después a su cuñado que cambiaba el pañal de su hijo, y a su hermano mayor que preparaba la barbacoa. Sus cuñadas tomaban el sol junto a la piscina y su hermana tendía la ropa que acababa de sacar de la lavadora. Ella estaba revisando en su ordenador el texto de su último libro. De pronto fue consciente de que las cosas sí habían cambiado en los últimos años.

  Rememoró cuando ella y sus hermanos eran pequeños. Cuatro en total, dos niñas y dos niños. Sus padres eran unos padres modernos que los habían educado por igual, sin hacer distinción entre chicas y chicos.

  Es cierto que ellas tenían más muñecas y cromos, ellos más coches y chapas, pero ellas jugaban al trompo, saltaban a pídola y aprendieron a montar en moto al mismo tiempo que ellos. Leían los mismos libros. Sus favoritos por entonces eran los de la serie "Los cinco...", de Enid Blyton, que habían descubierto gracias a Barbra, su profesora de inglés, y cuyas historias inspiraban sus juegos y aventuras. Recibían la misma atención, el mismo apoyo y las mismas explicaciones de sus padres, incluso en temas que en aquellos tiempos se explicaban de manera distinta a los niños que a las niñas.

 María recordó un verano en el que quiso cambiar las permanencias por clases de costura, como hacían sus primas.

 Las permanencias, así se llamaban en su pueblo las clases particulares que se recibían en verano. Sus hermanos, que solían suspender alguna asignatura en junio, necesitaban las clases para sacar el curso en septiembre. Ella y su hermana aprobaban siempre, y con nota, pero asistían a las permanencias para ir mejor preparadas el curso siguiente.

  Ninguno de ellos se cuestionaba si las clases de verano les gustaban o no. Era algo que se hacía de un modo natural, por defecto, verano tras verano, como aprender a nadar o a montar en bicicleta, como jugar hasta las tantas en la plaza.

  Era una rutina veraniega más. La rutina de primera hora de la mañana. Tras el desayuno, bajaban corriendo por la cuesta de la estrecha calle del cine hasta las Escuelas del campo. Iban tan deprisa por la fuerza de la carrera y la gran pendiente, que no podían parar en los cruces. Menos mal que entonces había pocos coches en los pueblos.

  María atesoraba esas carreras como uno de sus más preciados recuerdos. Con un ligero vestidito blanco, que no siempre debió ser blanco por supuesto, corría con tanto ímpetu que no creía haberse sentido nunca tan plena y libre como entonces, tan en paz consigo misma y con el entorno. A esas horas el aire era límpido y fresco todavía. La luz del sol mañanero se reflejaba en el encalado de las casas sin llegar aún a cegar, por el contrario más bien parecía clarificarlo todo, haciéndolo sencillo, amable y lleno de energía positiva. Era su imagen de la felicidad y a ella, en forma de ensoñación, recurría María en sus momentos bajos, buscando esa fuerza, esa sensación de que todo es posible, esa especie de osadía que se tiene en la infancia.

  Incluso en agosto, en la finca, el abuelo que había sido maestro se encargaba de darles clases extraescolares. Era un docente a la vieja usanza, duro y estricto en las clases, pero dulce y entrañable fuera de ellas.

 En lo fresquito del sótano, sobre unos pupitres antiguos que su padre había recuperado de unas viejas escuelas y que tenían un hueco para el tintero y una tapa que se levantaba para guardar cuadernos y  libros. Ya no se usaban tinteros ni plumas, sino lapiceros, bolígrafos o rotuladores, y cada hermano daba a su hueco un uso diferente, un uso acorde con su personalidad. El de María frecuentemente era ocupado por un ramito de flores silvestres. Aún no era consciente de ello, pero más tarde se daría cuenta de que había heredado de su madre la mano verde, el amor por las plantas. 

  Después de las permanencias el día era de ellos: la libertad tras el deber cumplido. Salían corriendo los cuatro atropelladamente, mejor dicho, los cinco porque se les unía Paloma, la perra. Se dirigían al polideportivo que el hermano mayor había ideado, tomando prestado un colchón del sótano para el salto con pértiga, unas tablas para las carreras de obstáculos,... ¡Tenían hasta un campo de golf!

  Eso sí, el colchón lo traían de vuelta cada día para evitar problemas con los mayores. Al atardecer, cuatro hermanos, uno en cada esquina del colchón y una esquina casi rozando el suelo por la escasa estatura del pequeño, curiosamente ahora el más alto y fuerte de la familia.

  O bien se iban a la casita de la higuera, para la que habían construido incluso un ascensor. Aunque María no era la mayor sí la más mandona y, por otra parte, la menos ágil. Papona, la llamaba su madre cariñosamente. Por eso, la mayoría de las veces se otorgaba el papel de ingeniero o de jefe de obras y, desde abajo, decía cómo debían hacerse las cosas. Hoy María reconoce que era una locura construir la casita en la higuera. ¡Con la de árboles que había en la finca y tenían que elegir precisamente una higuera, el árbol cuyas ramas se parten con más facilidad! Pero aquella higuera era inmensa, sobresalía por encima de cualquier árbol próximo y, sobre todo, estaba justo encima de la alberca. ¿Puede resistirse alguien a tener una casa que permita zambullirse en el agua directamente desde el salón? No, por supuesto que no, y menos aún cuando eres pequeño.

 Finalmente la higuera tuvo su casa y no hubo que asistir a grandes desgracias. Sólo dos momentos algo tensos. El primero fue la inauguración del ascensor con rotura del cable de elevación, para el que habían utilizado una vieja cuerda de pozo. Todo acabó con una prima algo magullada y el final de sus visitas durante un tiempo. El segundo incidente fue un espectacular salto de cabeza del hermano mayor a la alberca, que sólo contaba con un metro de profundidad. Aparte del susto y un mayúsculo chichón, los cuatro hermanos se ganaron una enorme reprimenda y la prohibición de saltar de cabeza desde la casa del árbol.

  ¿Cambiar las permanencias por clases de costura? Los padres de María quedaron perplejos. Cómo se le podía haber ocurrido tal insensatez.

  No, no es que ella quisiera escaquearse de los estudios, al fin y al cabo las permanencias eran por la mañana  y la costura por la tarde, es que ella entendía que era un gasto más y tal vez eligiendo una...

  Se decidió que si María quería costura tendría clases de costura, pero sin renunciar a lo importante, sin dejar su educación y su formación. Y así fue como empezó a acompañar a sus primas después de comer, justo a la hora de la siesta, tras habérsele comprado bastidor, aguja, hilos, tela y una sillita baja.




María parecía encantada de ir a aprender los secretos de la aguja y, sobre todo, los secretos de las chicas mayores. Éstas ya sabían coser, pero seguían asistiendo a costura para terminar de bordar su ajuar, es decir, las sábanas, las toallas y demás enseres que una novia lleva cuando se casa.

 Algunas chicas no hacían todo su ajuar, sus madres lo encargaban a buenas bordadoras y ellas sólo bordaban ciertas piezas. Era el caso de las primas de María, aún eran niñas pequeñas pero ya tenían el ajuar completo con sus iniciales bordadas por todos lados. Cuando María lo comentó a su madre, ésta le contestó que lo importante no era el ajuar, sino los estudios. Una buena formación le permitiría comprarse de mayor el ajuar que ella quisiera, si es que entonces lo seguía queriendo porque, ¿realmente eran necesarias tantas sábanas, tantas toallas y tantos paños de cocina?

  Tras aprender algunas técnicas de bordado, María empezó a darse cuenta de que aquello no era lo suyo. No se le daba mal pero se aburría. Los secretos de la aguja eran fáciles y los de las chicas mayores resultaron bastante más simples de lo que ella esperaba. Disfrutaba más con un buen libro, dibujando, escribiendo o imaginando formar parte de una expedición arqueológica en Egipto.




El único ajuar que María llevó a su boda fue el heredado de una tía-abuela soltera. La tita se llamaba como ella, María, y sus iniciales coincidían. Además, como la tía no se había casado, el ajuar estaba sin estrenar. Y así siguió por siempre, sin estrenar y guardado, porque María prefería usar sábanas y toallas más fáciles de planchar y menos delicadas. Finalmente María pensó que su madre había tenido razón, lo importante en su vida no fue tener un ajuar.

  Pero no estuvo mal aprender a coser y bordar, siempre es bueno probar y aprender cosas nuevas, siempre puede ser útil. Hoy María es capaz de hacerse unas sábanas, una falda o unas cortinas, aunque lo que más le gusta es tejer palabras.

  "Bordando poemas
  en holandas cuartillas,
  con oes por bodoques
  hilvano mis recuerdos"

 Sin embargo, había un pequeño detalle de su vida infantil que María no entendía. A la hora de comer su padre y los niños se sentaban a leer o a ver la televisión, mientras su madre preparaba la comida y ellas ponían la mesa.

  Poco a poco empezó a cuestionarse el porqué tenía que ser de esta manera. Ellas no sólo estudiaban igual que sus hermanos sino que sacaban mejores notas, pero éstos no ayudaban en nada mientras que ellas hacían sus camas, ponían la mesa, iban a los recados o hacían de sábado con su madre. No se trataba de tareas duras, además ayudar a su madre siempre resultaba gratificante, sobre todo porque era una maravillosa narradora de historias y las mejores las contaba mientras limpiaban el polvo. En estas historias se inspiró María para escribir sus mejores novelas. En realidad, tenía que estar agradecida a la limpieza de los sábados.

  Pero María no comprendía esa diferencia con sus hermanos. La respuesta de sus padres era tan simple que le parecía de lo más tonta.

  -Bueno... ellos son chicos.

  También en el colegio o en los juegos había oído esa ridícula coletilla. María no se ponía terca al respecto pero alguna vez, enfadada, llegó a decir que cuando tuviera sus hijos, las niñas no harían nada en casa y serían los niños los que ayudaran. Esta solución le pareció a María igualmente injusta en cuanto acabó de pronunciarla.

En alguna ocasión su madre les dijo:

  -Vosotras estudiad, formaos, haceos independientes, eso es lo importante. Entonces podréis educar a vuestros hijos en igualdad, desde la igualdad. Entiendo tu inquietud María y es buena, empiezas a sentirte una igual.

 María sólo tuvo un hijo, un niño, Javier, al que fue fácil educar en igualdad. Si además hubiera tenido una hija, estaba segura de que ambos hubieran realizado tareas domésticas, del mismo modo que ahora sus hermanos hacían las tareas de sus casas junto con sus parejas, o se turnaban para hacerlas, del mismo modo que las niñas no se quedaban en clases de costura esperando un marido que quizás nunca llegase, como nunca apareció el de su tía, sino que se formaban en igualdad como profesionales y como personas.

  Por eso, cuando María escuchó mejor la discusión de los pequeños sobre la posición de los cubiertos en la mesa se quedó muy sorprendida, casi asustada.

  Helena, su ahijada y la mayor de todos, se burlaba de los chicos diciéndoles que ellos no sabían poner bien la mesa, que ella la ponía mejor porque era una niña.

  Javier contestó tranquilo, no entendía cómo su prima podía decir una bobada semejante, precisamente ella que casi nunca ayudaba a poner la mesa era la que menos debía saber cómo hacerlo.

  -¿Entonces, por qué habéis puesto dos cubiertos con el cuchillo a la izquierda? -dijo su sobrina en tono burlón.
  -Muy fácil, porque Candela y yo somos zurdos -contestó Javier.
  -Bueno... me da lo mismo. De todas formas yo no necesitaré poner la mesa porque me casaré con un chico rico.
  -¿Y para no poner la mesa vas a tener que casarte?  Yo desde luego no me casaré para que me la pongan.

  María se sintió orgullosa de su hijo y se sintió orgullosa de sí misma, pero sobre todo se sintió orgullosa de su madre.
  Se levantó, fue a la cocina y besó a su madre en la mejilla mientras robaba una aceituna de la ensalada.

 -¿Y esto a qué viene? -preguntó su madre, sorprendida y halagada.
 -Esto es por lo importante -dijo María.

  Salió al jardín y retomó su trabajo, pero había algo que la inquietaba. ¿Cómo hacer entender a Helena, su sobrina, el sentido de lo importante?  

 -¡Ya está! -pensó- escribiré un cuento para ella. Pero no un cuento de príncipes que rescatan a princesas. Será el cuento de una mujer, una verdadera mujer, capaz, hecha a sí misma.

  Cuando acabó de escribir, María preguntó a su padre:
  -Papá, ¿cómo era aquello de las pelis con final feliz?
  -¡Cómo! ¿Acaso no lo recuerdas?
  -¡E tutti contenti!- respondió María, esbozando una amplia y sincera sonrisa.

  Su madre apareció entonces desde la cocina con la ensalada, mientras su hermano se acercaba con las chuletas desde la barbacoa.
   



  




















































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