viernes, 29 de julio de 2016

Tienda india (teepee) con palos de escoba * DIY



¿Recordáis el perchero estilo tipi que hice con palos de escoba (aquí)?

Lo cierto es que apenas lo utilizaba al tener ya uno anterior que hice con
el mismo tipo de madera y piezas de cobre (aquí) y que forma parte del
sencillo vestidor handmade que os mostré hace no mucho (aquí).

La estructura tipi andaba por casa ocupando espacio y sin utilizar por lo que
decidí llevármela a la casa rural de Ávila con el fin de convertirla en una
cabaña india para el jardín en la que los pequeños perritos de mis amigos
encontraran un lugar para jugar y protegerse del sol.


Utilicé una sábana encimera descabalada que tenía por casa en rayas
blancas y rosas.




Con una tijera de corte en zig-zag el acabado quedará más chuli, salvándonos
de tener que coser puesto que evita el deshilachado. 

Aprovechando el espacio del jardín, extendí la sábana en el cesped y corté
una forma de capa a la que realicé un agujero cerca del ángulo de esquina.
Todo ello probando cómo iba quedando sobre la estructura del tipi.



Finalmente colocar la tela sobre la estructura, fruncir la tela del agujero y
anudar con un hilo.

En este caso utilicé hilo de lino encerado como el que usé para unir los
palos de escoba y rematar la base de los mismos.

Fácil, económico y rápido. En definitiva, FRUGAL y así compartirlo en
los Findes de Marcela Cavaglieri.


Tan ilusionada estaba con que los perritos estarían encantados de tener
su propia cabaña india para el jardín que no imaginé que aquel invento
les asustaría y no lo querrían cerca.

Quizás creyeron que se trataba de un fantasma ;-)


Pero como en esta casa no se tira nada, nada, y a todo damos buen uso,
decidimos utilizarlo para mantener la cabeza a la sombra mientras leíamos
tomando el sol.


¿Qué os parece nuestra teepee/tienda para evitar insolaciones y hacer
más agradables las lecturas de verano?


miércoles, 27 de julio de 2016

Playa Karon, Phuket (Tailandia)



Nuestros días de relax en Tailandia los pasamos en la isla de Phuket, situada
al sur del país y unida al continente por un puente de modo que, por su gran
tamaño, no da la la sensación de ser una isla en el mapa.

Nuestro destino estaba en la costa central occidental de la isla: la playa de
Karon, 2,5 km de playa con una arena finísima y prácticamente sin gente en
esta época del año.

Un auténtico lujo que nos permitió tener la sensación de disfrutar de un
verdadero paraíso para nosotros solos.



Nos alojamos en el Hilton Phuket Arcadia, un resort muy completo con un
inmenso espacio exterior lleno de jardines, lagos e instalaciones que ya os
mostraré en una entrada posterior.

Mi idea inicial al visitar este país era buscar un alojamiento más auténtico tipo
cabaña, al menos en las islas, pero cuando se viaja con un grupo de amigos
hay que hacer concesiones y respetar la opinión de la mayoría: no todo el
mundo está dispuesto a experimentar una estancia más natural en un entorno
de selva tropical donde algunos animalitos y bichitos autóctonos no parecen
nada amigables.


Nuestro hotel estaba a pie de playa, sólo atravesando una pequeña carretera, y
el mar podía verse desde prácticamente todas las instalaciones y habitaciones.




Dependiendo del oleaje, esta playa es buena para surfear y es frecuente la
práctica del parapente.



La vegetación tropical llega hasta la misma playa y tanto los salvavidas como el
personal dedicado a alquilar tablas o parapentes habilitan espacios para estar y
protegerse del calor en la propia vegetación, a modo de cabañas improvisadas.




Una playa cuidadísima y, como os decía, prácticamente vacía en esta época
del año.

El agua a una temperatura ideal: creí que nunca diría ésto porque a mí
el agua del mar siempre me parece fría pero os aseguro que parecía
climatizada.

A pesar del oleaje se trata de una playa segura porque la zona que no
cubre se alarga bastante hacia el interior y, por otro lado, los vigilantes
estaban siempre atentos.

Largos paseos, jugar con las olas, buscar tesoros de costa...




Y conocer otros viajeros interesantes, como Tom, un joven neozelandés que
había iniciado una aventura en solitario pasando por varios países del índico
para recorrer luego media Europa a partir de Madrid. Prácticamente el mismo
recorrido por ciudades europeas que está realizando ahora Javier en su primer
interrail. Aunque parece ser que no coincidían en fechas en las distintas
ciudades, quien sabe, el mundo es un pañuelo.


Como os decía, en un entorno de selva tropical puedes encontrarte con otros
habitantes menos deseados.

Vimos caracoles del tamaño de una mano, ciempiés gordetes de más de
diez centímetros, el mismo tamaño de una especie de babosas de agua
en un color rosa chicle, lagartos gigantes (dragón de Komodo) en el río
del mercado flotante de Amphawa y hasta una serpiente en la playa.

Fue Javier quien la descubrió: ¡eh, mirad un palo que se mueve!

Al salir del agua no era un palo, era una cobra que se dirigía hacia el agua.
Al preguntar al salvavidas nos dijo que no era frecuente pero que a veces
venían para refrescarse, que no atacaban si no se las molestaba pero que
si mordían eran mortales (hizo un gesto pasándose el dedo índice por la
garganta).


Lo dicho, como en el paraíso, con serpiente y todo ;-)


A pesar de los "peligros", ¿quién se puede resistir a disfrutar de un
entorno y atardeceres como los de allí?

Yo, desde luego, repetiría. ¿Y tú?

lunes, 25 de julio de 2016

Rural slow life



De vuelta de la tranquilidad y las frescas noches abulenses a la vorágine y
el calor de Madrid.

He pasado una semana en un entorno rural idílico, un pequeño pueblo
situado a tan sólo doce kilómetros de Ávila, Mingorría, donde el tiempo
parece haberse detenido y todo invita a practicar la deseada slow life.



Campos castellanos repletos de trigales que en esta época están
cosechándose y dejan estampas de vida natural y sosiego.



Muchísimas zarzamoras repletas de flores y frutos que he visto madurar
por días pero que a mi vuelta aún no estaban para ser recogidas.

Una pena porque me encanta la mermelada casera de mora y pocas
veces tengo oportunidad de hacerla.



Las tardes invitaban a paseos para disfrutar de la brisa y de atardeceres
maravillosos.


Ese momento mágico en el que el sol está bajo y empieza a desaparecer
en el horizonte regalándonos colores espectaculares que parecen incendiar
de luz los trigales.



Cada vez siento más necesidad de esta proximidad y conexión con la
naturaleza.

No he dejado de imaginar retirarme a un lugar así, repleto de silencio y
autenticidad.



Hubo tiempo también para visitar Ávila, ver sus murallas, conocer su casco
histórico, degustar ricas tapas, comer un exquisito chuletón de ternera y
descansar en algún chillout urbano.




Y, sobre todo, disfrutar de la casa que nos acogió: una encantadora casa rural
de gruesos muros de piedra, techumbre a dos aguas con techo y suelo de
madera y un espacioso altillo donde se encuentra el dormitorio principal.


La decoración en un estilo castellano propio de la zona, algo austera para
mi gusto, pero llena de lindos detalles que evocan la vida campestre.






Un patio/jardín con frutales ha hecho las delicias sobre todo de los perritos
de mis amigos, Lucas y Leo, que acostumbrados a la vida urbanita han
descubierto rincones, sonidos, olores y animalitos nuevos.



Una semana de total relax que os aseguro me ha sentado de maravilla.

¿Vosotros sois de turismo rural?